
Una vez más he llegado a este lugar.
Tan sombrío, tan frío.
Me he perdido una vez más.
He olvidado como regresar.
Me he desviado del camino
que antes me invitaba a andar,
dejando a un lado mis pies al caminar.
Veloces veo sus rostros pasar
cuando aún sigo sin volar.
Me voy quedando atrás,
o quizás voy más allá.
Pero aún siendo así,
es lo mismo
porque estoy en soledad.
Ya no encajo, he cambiado.
Me he olvidado de lo amado,
de lo amigo, del destino,
de lo bueno que ha pasado
en todos estos años.
Me torturo y me hago daño,
ya no aguanto ni siquera mi propio llanto.
Me cubro con negro manto
para que no vean lo que mato
de mi misma en este cuarto.
Me muero y me ahogo poco a poco.
Necesito un manicomio
como para esos locos
que se van quedando solos.
No quiero nada, nada quiero,
nada sirve si me muero
en el silencio más perverso
que esconden estos versos.
Son infinitas las cosas que yo pienso
que se pierden en profundos
y monótonos sentimientos,
que con el pasar del tiempo
no son lo mismo
y sólo los recuerdo como lejanos destellos negros.
Me resulta tan complejo expresar mis angustias,
mis tristezas.
Estoy decifrándome pieza por pieza.
Ya no existe el Sol que alumbraba mis pesares,
ya no existe la luna que acompañaba mi soledad.
Ahora ya no queda nada más que contar.
Creo que nunca conseguiré llegar a ese maldito lugar.
He estado cegada por bastante tiempo,
no he podido despertar y aún sigo en este encierro.
Encrucijada, distorsionada.
Exasperada cuando llega mi entierro
y alguien más atravieza hierro en su pecho.
He perecido.
Está hecho.
Lo siento.